Mons Joseph Strickland:
ha desaparecido de nuestra conciencia
Mis queridos amigos en Cristo,
Gracias por acompañarme hoy.
Hay ciertas palabras que alguna vez ocuparon un lugar central en la vida de la Iglesia Católica, pero que ahora rara vez se escuchan, y hoy quiero hablarles de una de ellas. La palabra es "modernismo".
Pregúntale al católico promedio de hoy qué es el modernismo, y muchos no sabrán qué responder. Pregúntales cuándo fue la última vez que escucharon un sermón sobre el tema, y muchos dirán: «Nunca».
Sin embargo, hubo un tiempo en que la Iglesia consideraba el modernismo un peligro tan grave que el Papa San Pío X dedicó una encíclica completa a denunciarlo. En 1907, en Pascendi Dominici Gregis, lo calificó como «la síntesis de todas las herejías». Son palabras extraordinarias. Los Papas no utilizan ese tipo de lenguaje a la ligera.
Si San Pío X creía que el modernismo era la síntesis de todas las herejías, entonces surge naturalmente una pregunta: ¿Qué sucedió?
¿Acaso el modernismo simplemente desapareció? ¿O hemos llegado a un punto en el que las advertencias de la propia Iglesia se han desvanecido en gran medida de la memoria?
Estas son las preguntas que quisiera que consideráramos juntos hoy. No se trata simplemente de una discusión histórica. No es un ejercicio académico. Creo que toca la esencia misma de la crisis que estamos viviendo en la Iglesia.
Sin embargo, antes de poder comprender dónde nos encontramos hoy, debemos comprender qué es realmente el modernismo.
Mucha gente cree erróneamente que el modernismo consiste simplemente en modernizar la Iglesia, usar un lenguaje contemporáneo o adaptar ciertos enfoques pastorales. Eso no es lo que condenaba el Papa San Pío X. El modernismo es mucho más profundo. Es una forma de pensar. Es una mentalidad. Es un método para acercarse a la revelación misma.
En lugar de partir de la pregunta: "¿Qué ha revelado Dios?", el modernismo comienza gradualmente a preguntarse: "¿Qué puede aceptar el hombre moderno?". En vez de medir el mundo según la verdad inmutable de Cristo, comienza a medir la verdad revelada según las cambiantes suposiciones del mundo. Por eso el modernismo es tan peligroso.
No se trata simplemente de un error doctrinal más entre muchos. Más bien, se convierte en un principio que permite reinterpretar toda doctrina. Por eso, san Pío X lo describió como «la síntesis de todas las herejías».
Cada herejía anterior atacaba alguna verdad particular revelada por Dios. El modernismo ataca el fundamento mismo sobre el que se asienta la verdad revelada. Desplaza sutilmente el centro de gravedad, alejándolo de la Revelación Divina y acercándolo a la experiencia humana, el desarrollo histórico y la cultura contemporánea.
Como católicos, sabemos que Jesucristo es «el mismo ayer, hoy y siempre». La verdad no evoluciona. Dios no cambia. La Revelación Divina no se vuelve obsoleta por los cambios culturales. La Sagrada Escritura nos lo recuerda con claridad: «Porque la sabiduría de este mundo es necedad para Dios». Estas palabras de San Pablo son tan ciertas hoy como lo fueron cuando fueron escritas.
Asimismo, en Romanos leemos: “No os conforméis al mundo actual, sino transformaos en una mente nueva”.
Nótese la dirección. La Iglesia está llamada a transformar el mundo. Nunca está llamada a dejarse transformar por el mundo. Esa distinción es fundamental para este debate.
Mucho antes de 1907, las semillas del modernismo ya habían comenzado a aparecer en los círculos teológicos. A lo largo del siglo XIX, surgieron diversas ideas que intentaron reinterpretar la fe católica a través de la lente de la filosofía moderna, la crítica histórica, el racionalismo y el pensamiento liberal.
El papa Pío IX advirtió sobre muchas de estas tendencias. Pero fue el papa San Pío X quien reconoció que estas ideas no eran errores aislados, sino que conformaban todo un sistema. Compartían un espíritu común. A ese espíritu lo llamó modernismo.
En Pascendi Dominici Gregis, san Pío X expuso minuciosamente ese sistema antes de condenarlo. Cerca del final de la encíclica, anticipó las críticas de quienes dirían que había dedicado demasiado tiempo a explicar el pensamiento modernista. Su respuesta es de suma importancia. Explicó que era necesario exponer el modernismo por completo porque sus errores a menudo se ocultaban bajo un lenguaje que parecía ortodoxo, vaciando gradualmente de significado la doctrina tradicional.
Esas palabras merecen nuestra atención hoy, quizás incluso más que en 1907. Porque una de las características definitorias del modernismo es que rara vez se manifiesta abiertamente. A menudo habla el lenguaje del catolicismo, pero modifica sutilmente su significado subyacente. Precisamente por eso, San Pío X creía que el peligro era tan grande.
Comprendió que el modernismo no solía presentarse como un rechazo absoluto de la fe católica. No comenzaba normalmente negando la divinidad de Cristo, rechazando los sacramentos ni repudiando abiertamente la autoridad de la Iglesia. Más bien, operaba de manera más sutil. Buscaba reinterpretar la fe desde dentro. Conservaba un lenguaje familiar, pero modificaba gradualmente su significado. Proponía que la doctrina debía desarrollarse de tal manera que se adaptara cada vez más al pensamiento de cada época sucesiva.
Por eso, a menudo se ha descrito al modernismo no simplemente como una colección de errores, sino como una forma de pensar, un hábito mental que antepone el juicio del mundo moderno a la verdad inmutable que Dios ha revelado.
Por eso, San Pío X creía que poseía la esencia misma de toda herejía anterior. Cada herejía importante en la historia de la Iglesia atacó algún artículo de fe en particular. El modernismo, sin embargo, atacó algo aún más fundamental: desafió la fuente y la certeza de la verdad revelada. Una vez que la revelación misma se somete a la cambiante experiencia humana, ninguna doctrina permanece inmutable. Todo se vuelve susceptible de reinterpretación. Todo se vuelve negociable.
Por eso el Santo Padre la llamó “la síntesis de todas las herejías”.
No estaba exagerando. Actuaba como el Pastor Supremo de la Iglesia, advirtiendo a los fieles que había surgido un error que amenazaba no solo una doctrina, sino el fundamento mismo sobre el que se asienta toda doctrina. Reconociendo la gravedad de este peligro, San Pío X hizo algo extraordinario.
En 1910, tan solo tres años después de publicar Pascendi Dominici Gregis, exigió el Juramento contra el Modernismo. Sacerdotes, obispos, profesores de teología, docentes de seminarios y demás personas encargadas de la enseñanza de la fe católica debían jurar públicamente que rechazaban los principios del modernismo y que preservarían fielmente la doctrina transmitida por los Apóstoles.
No se trataba de una medida disciplinaria temporal. Reflejaba la convicción de que el modernismo representaba un peligro constante para la vida de la Iglesia. Este hecho histórico es importante porque nos recuerda la seriedad con la que la Iglesia llegó a considerar dicha amenaza.
Todo sacerdote católico ordenado entre 1910 y 1967 estaba obligado a prestar ese juramento. Por consiguiente, con muy pocas excepciones, todos los obispos, cardenales y teólogos que participaron en el Concilio Vaticano II habían prestado el Juramento contra el Modernismo al inicio de su sacerdocio. Este hecho debería hacernos reflexionar. Plantea cuestiones importantes que merecen una profunda meditación.
¿Cómo debían interpretar esos obispos el juramento que habían prestado al participar en un concilio que buscaba una nueva relación entre la Iglesia y el mundo moderno? ¿Cómo debían conciliar las contundentes advertencias de San Pío X contra el modernismo con el deseo del Concilio de una mayor participación en la sociedad contemporánea? Estas no son preguntas que puedan simplemente ignorarse. Merecen una reflexión cuidadosa, honesta y llena de oración.
La Iglesia siempre se ha comprometido con el mundo. Desde los Apóstoles en adelante, los cristianos han proclamado el Evangelio a todas las culturas y épocas. La evangelización implica necesariamente el diálogo. Pero el diálogo nunca ha significado permitir que el mundo determine el contenido de la Revelación Divina.
La misión de la Iglesia no es adaptar la verdad revelada a cada época. La misión de la Iglesia es hacer que cada época se conforme a Jesucristo.
Existe una enorme diferencia entre proclamar el Evangelio al mundo y permitir que el mundo se convierta en el criterio para interpretarlo. Creo que esa distinción radica en el origen de la crisis que presenciamos hoy.
Es en este punto donde debemos hablar con honestidad sobre el Concilio Vaticano II. Este concilio se distinguió de los concilios ecuménicos anteriores en un aspecto importante: no definió nuevos dogmas ni profirió nuevos anatemas contra la herejía. Más bien, se describió a sí mismo principalmente como de carácter pastoral. Su propósito declarado era presentar las verdades perennes de la fe católica de una manera más accesible al mundo moderno.
Nadie puede cuestionar el deseo de la Iglesia de proclamar el Evangelio a todas las generaciones. Esa siempre ha sido su misión. La cuestión que nos ocupa es diferente: ¿Puede la Iglesia interactuar con el mundo moderno sin absorber sus supuestos? Esta pregunta es hoy más urgente que nunca.
Uno de los documentos principales del Concilio, Gaudium et Spes —la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual—, expuso una visión de la relación entre la Iglesia y la sociedad contemporánea que ha influido profundamente en la vida católica durante las últimas seis décadas. Muchos lo han visto como un avance positivo. Otros, en cambio, han expresado serias preocupaciones, pues parte de su lenguaje se ha interpretado de forma que va más allá de una auténtica relación y se inclina hacia una mera adaptación al espíritu de la época.
Estas preocupaciones no pueden simplemente ignorarse. Merecen una cuidadosa consideración precisamente porque San Pío X nos advirtió que el modernismo a menudo se introduce en la Iglesia gradualmente, revestido de un lenguaje que parece completamente razonable.
Años después del Concilio, el cardenal Joseph Ratzinger —quien más tarde se convertiría en el papa Benedicto XVI— hizo una observación notable. Al hablar de Gaudium et Spes, sugirió que el documento funcionaba, en cierto sentido, como un «contraprograma», un intento de reconciliación entre la Iglesia y la era moderna tras los agudos conflictos del siglo XIX. Estas palabras han generado mucha discusión. Para mí, también plantean una pregunta ineludible.
Si la Iglesia ya había advertido con tanta contundencia sobre los peligros que planteaban el liberalismo, el racionalismo y el espíritu de la época —advertencias que se encuentran especialmente en las enseñanzas del Beato Pío IX y San Pío X—, ¿Qué era exactamente lo que se estaba reconciliando?
¿Acaso las preocupaciones que motivaron aquellas solemnes advertencias ya no eran válidas? ¿Habían desaparecido los peligros? ¿O simplemente la Iglesia había adoptado un enfoque pastoral diferente, manteniendo intactas aquellas advertencias anteriores? Estas son preguntas que merecen respuestas reflexivas.
El cardenal Ratzinger propondría más tarde lo que se conoce como la «hermenéutica de la continuidad». Su convicción era que el Concilio Vaticano II siempre debía interpretarse en continuidad con la enseñanza previa de la Iglesia, nunca como una ruptura con el pasado. Este principio es importante. Todo católico debería desear la continuidad con la enseñanza constante de la Iglesia. Sin embargo, muchos católicos fieles siguen lidiando con una pregunta honesta.
Si el modernismo sigue siendo la «síntesis de todas las herejías», como declaró san Pío X, ¿Cómo deben los católicos comprender pasajes que a menudo se han interpretado como un estímulo a una mayor apertura a los supuestos y valores del mundo contemporáneo? Si existe continuidad, debería ser posible demostrarla con claridad. Si existe armonía, esta debería ser visible no solo en la teoría, sino también en la práctica.
Lamentablemente, al observar la vida de la Iglesia durante las décadas posteriores al Concilio, muchos católicos no perciben mayor claridad, sino mayor confusión. Hemos presenciado confusión en cuanto a la doctrina, la moral, la liturgia sagrada, la singularidad de la fe católica y la misión de la Iglesia en el mundo.
Ya sea que se atribuya esa confusión a interpretaciones erróneas del Concilio, a abusos cometidos en su nombre o al propio lenguaje pastoral del Concilio, la confusión en sí misma no puede negarse honestamente. Y esto me lleva a lo que considero quizás el punto más importante de esta reflexión.
La Iglesia nunca ha retirado formalmente la condena de San Pío X al modernismo. Ningún papa ha derogado la Pascendi Dominici Gregis. Ningún papa ha declarado que el modernismo ya no sea un peligro. Ningún papa ha afirmado que el Juramento contra el Modernismo se basara en una interpretación errónea de la fe. La condena sigue formando parte de la historia y la enseñanza de la Iglesia. Sin embargo, en la práctica, parece haber desaparecido en gran medida de nuestra conciencia.
Casi nunca se predica. Rara vez se enseña. Muchos católicos ni siquiera han oído hablar de este término. Esto parece indicar algo muy serio. Es lo que un respetado erudito católico ha descrito como una «anulación encubierta» de la condena de la Iglesia al modernismo. No una anulación formal. No una derogación oficial. Sino algo quizás aún más sutil. Una anulación práctica por negligencia.
Una enseñanza puede permanecer en los libros de texto mientras desaparece de la vida de la Iglesia. Y si eso sucede, su influencia se pierde efectivamente, aunque nadie la haya negado formalmente.
Y eso nos lleva al momento presente.
En los últimos meses, nuestro Santo Padre, el Papa León XIV, ha iniciado una serie de discursos animando a los católicos de todo el mundo a profundizar en el estudio de los documentos del Concilio Vaticano II y a renovar su compromiso con el camino que la Iglesia emprendió a raíz de este. Ha hablado de permitir que las enseñanzas del Concilio sigan inspirando la vida y la misión de la Iglesia.
Como católicos, debemos orar siempre por el Santo Padre. Debemos desearle éxito al guiar fielmente a la Iglesia hacia Jesucristo. Todo papa lleva una inmensa carga y todo papa merece nuestras oraciones.
Pero precisamente porque amo a la Iglesia y rezo diariamente por el Santo Padre, también creo que a veces es necesario plantear preguntas difíciles. Si la condena de la Iglesia al modernismo sigue vigente, ¿por qué parece recibir tan poca atención hoy en día? Si San Pío X creía que el modernismo era la síntesis de todas las herejías, ¿por qué esa advertencia se ha vuelto casi invisible en la vida de la Iglesia?
Si la Iglesia fomenta una mayor participación en el mundo moderno, ¿cómo podemos asegurarnos de que dicha participación nunca se convierta en una mera adaptación al espíritu de la época? Estas no son preguntas nacidas de la desobediencia, sino del amor a la Iglesia.
A lo largo de su historia, la Iglesia siempre ha necesitado hombres y mujeres valientes dispuestos a preguntarse si permanecemos fieles a lo que nos legaron los Apóstoles. El Depósito de la Fe no pertenece a ningún papa, ni a ningún obispo, ni a ningún teólogo. Pertenece a Jesucristo. La Iglesia es su guardiana, no su autora.
Por esa razón, cada generación, incluida la nuestra, se mide por el Depósito de la Fe, y no al revés.
Me preocupa que hayamos llegado a un punto en el que el lenguaje del diálogo ha eclipsado con demasiada frecuencia el lenguaje de la conversión. Ciertamente, el diálogo auténtico tiene su lugar. Hablamos con los demás porque deseamos su salvación. Escuchamos para poder proclamar mejor a Cristo. Pero el diálogo nunca puede ser un fin en sí mismo. La Iglesia no existe simplemente para acompañar al mundo. Existe para llamar al mundo al arrepentimiento, a la fe y a la vida eterna en Jesucristo.
Existe una profunda diferencia entre amar al mundo lo suficiente como para evangelizarlo y amar tanto la aprobación del mundo que dudamos en proclamar verdades difíciles. Esa distinción es esencial.
Me parece que una de las grandes tentaciones de nuestro tiempo es buscar la paz con el espíritu de la época. Sin embargo, la Sagrada Escritura nos advierte repetidamente contra esa tentación. San Pablo nos dice claramente que «la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios».
No dice que la sabiduría de este mundo solo necesite ser refinada. No dice que solo necesite ser complementada. Dice que es una necedad ante Dios.
Asimismo, nuestro Señor mismo nos dice: “Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros”.
La Iglesia jamás ha medido su fidelidad por el aplauso del mundo, sino por su fidelidad a Cristo. Por ello, creo que debemos recuperar el valor para hablar de nuevo sobre el modernismo, no como una reliquia de principios del siglo XX, sino como un peligro latente que aún acecha a la Iglesia hoy. Si dejamos de reconocer este peligro, no podremos resistirlo.
Si dejamos de enseñar lo que San Pío X enseñó con tanta vehemencia, las generaciones futuras ni siquiera sabrán que alguna vez se dio tal advertencia. Y eso sería una tragedia.
Mi oración no es que volvamos a una década concreta de la historia. Mi oración es que volvamos a la sabiduría perenne de la Iglesia: la sabiduría de la Sagrada Escritura, la Sagrada Tradición, los Padres, los Doctores de la Iglesia, los santos y el Magisterio perenne que fielmente custodió el Depósito de la Fe a lo largo de los siglos.
Eso no es mirar hacia atrás. Eso es permanecer arraigado.
Un árbol que se corta de raíz no se vuelve más vivo. Muere. La Iglesia debe permanecer siempre arraigada en Jesucristo, quien es el mismo ayer, hoy y siempre.
Queridos hermanos y hermanas, vivimos tiempos extraordinarios. A nuestro alrededor vemos naciones convulsionadas, familias atacadas, confusión sobre las verdades más fundamentales de la naturaleza humana, atentados contra la santidad de la vida, ataques contra el matrimonio y la familia, y una creciente hostilidad hacia el Evangelio de Jesucristo. En estos momentos, la Iglesia no puede permitirse la incertidumbre sobre su propia identidad. No puede permitirse perder la confianza en las verdades eternas que Cristo le confió. Tampoco puede permitirse olvidar las solemnes advertencias de quienes nos precedieron.
San Pío X no condenó el modernismo por temor al progreso, sino por amor a Jesucristo, a su Iglesia y a la verdad. Reconoció que, cuando el espíritu de la época empieza a suplantar la mente de Cristo, los fieles se ven expuestos a un grave peligro espiritual. Esta advertencia jamás ha sido retirada ni derogada.
Sin embargo, me temo que, en la práctica, se ha olvidado con demasiada frecuencia.
Creo que estamos viviendo lo que solo puede describirse como una anulación práctica de la condena de la Iglesia al modernismo, no por decreto formal, sino por negligencia, silencio y la desaparición gradual de este tema de la predicación, la enseñanza y la formación de la Iglesia. Si esto es cierto, entonces no podemos permanecer callados. El silencio jamás ha vencido al error. Solo la verdad vence al error. Solo Cristo vence al error.
La respuesta no es la ira. La respuesta no es la amargura. La respuesta no es la desesperación. La respuesta es la santidad. La respuesta es la fidelidad. La respuesta es volver una vez más a las enseñanzas perennes de la Iglesia Católica: a la Sagrada Escritura, a la Sagrada Tradición, a los Padres y Doctores de la Iglesia, a los santos y al Magisterio perenne que ha transmitido fielmente el Depósito de la Fe de generación en generación.
La Iglesia no necesita reinventarse. Necesita recordar quién es. Es el Cuerpo Místico de Cristo. Es la guardiana de la Revelación Divina. Está llamada a santificar el mundo, no a ser santificada por él.
Hermanos y hermanas, les pido que hagan tres cosas.
Primero, oren. Oren cada día por el Santo Padre. Oren por todos los obispos, sacerdotes, diáconos y religiosos. Tienen una inmensa responsabilidad y necesitan la gracia de Dios ahora más que nunca.
Segundo, estudia tu fe. Lee la Sagrada Escritura. Lee el Catecismo. Lee la encíclica Pascendi Dominici Gregis. Lee las grandes encíclicas papales que han guiado a la Iglesia en crisis anteriores. Conoce no solo lo que la Iglesia enseña, sino también por qué lo enseña.
En tercer lugar, manténganse fieles. No se dejen perturbar por la confusión. No permitan que el desaliento les robe la esperanza. No midan la verdad por la popularidad ni por la aprobación del mundo. Midan todo según Jesucristo, que es la Verdad.
Recuerden las palabras de San Pablo: «No se amolden al mundo actual, sino sean renovados en la novedad de su mente». Esta exhortación sigue siendo tan urgente hoy como cuando fue escrita.
Nuestra tarea no es hacer que Cristo se conforme al mundo. Nuestra tarea es llevar al mundo a Jesucristo. Esa siempre ha sido la misión de la Iglesia. Esa sigue siendo la misión de la Iglesia. Y, por la gracia de Dios, esa debe seguir siendo también nuestra misión.
Que Nuestra Señora, Sede de la Sabiduría, ruegue por nosotros.
Que San José, Protector de la Iglesia Universal, interceda por nosotros.
Que San Pío X, quien defendió valientemente la fe confiada a los Apóstoles, nos obtenga la sabiduría, el valor y la perseverancia para mantenernos firmes en la verdad en nuestros días.
Que Dios Todopoderoso los bendiga, los mantenga firmes en la fe católica y nos conduzca a todos a salvo a la gloria de su reino celestial.
Mons. Joseph E. Strickland,
Obispo Emérito de Tyler (Texas, USA)



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