viernes, 19 de junio de 2026

Irreverencia del Reverendísimo


 Su eminencia no sólo escribió libros eróticos


Manoseando lo Sagrado

La nota que sigue no es nuestra pero sí los títulos que ponemos ahora, luego de lo cual lo invitamos a desplegar esta entrada para leerla:


Hay imágenes que resumen una forma de entender la liturgia mejor que cien tratados. Las fotografías de Víctor Manuel Fernández, «Tucho», elevando la hostia mientras sostiene el cáliz con la misma mano, introduciendo los dedos en él con la misma naturalidad con la que cualquiera sostendría una copa en una fiesta, resultan escandalosas no solo por una cuestión de rúbricas, sino por una cuestión de sentido común católico.

Durante siglos, los sacerdotes fueron educados en una auténtica pedagogía de la reverencia. Tras la consagración, mantenían juntos el pulgar y el índice al elevar el cáliz para evitar la pérdida de la más mínima partícula de la Hostia. Purificaban cuidadosamente el cáliz para que no quedara ni una gota de la Preciosísima Sangre en sus paredes. Trataban los vasos sagrados con una delicadeza que muchos hoy consideran exagerada. Pero la Iglesia nunca la consideró exagerada. Si de verdad creemos que el Cuerpo y la Sangre de Cristo están ahí, ¿cómo podría ser excesiva la reverencia?

 


Mel Gibson comprendió a la perfección esta realidad en una de las escenas más conmovedoras de La Pasión de Cristo. Tras la flagelación, la Virgen y María Magdalena limpian cuidadosamente del suelo la sangre derramada por Nuestro Señor. Es una catequesis visual. La misma lógica que lleva a María a recoger la sangre de Cristo del pavimento, dijo Gibson, es la que debería guiar a los sacerdotes a purificar el cáliz con esmero después de la comunión, y quiso recordárselo en esta escena cinematográfica.

Por eso resulta tan chocante ver el principal vaso sagrado del altar sostenido con tanta negligencia por un cardenal prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Cualquier sacerdote mínimamente consciente de lo que tiene en sus manos busca transmitir precisamente lo contrario: estabilidad, seguridad, respeto y veneración.

Basta con ver otros homenajes al Cardenal Fernández para confirmar que se trata de una costumbre. Una costumbre que refleja una excesiva familiaridad con aquello que debería inspirar el máximo respeto.

Quizás algunos consideren todos estos detalles insignificantes. Pero la historia de la liturgia católica se basa precisamente en la convicción opuesta: los detalles importan porque revelan lo esencial.


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