El relato evangélico de este domingo, Tercero de Pascua, nos pone de cara al misterio de Cristo resucitado.
Jesús conocía bien la incredulidad de estos dos hombres que caminaban hacia Emaús, semejante a la de los demás Apóstoles, tanto la que tenían ahora como la que tuvieron antes, cuando estaba con ellos. Sin embargo: ¡con qué suavidad se les presenta! Un caminante más cruzado en el camino.
Los hechos verídicos que relatan al Señor debieron abrirles los ojos, y sin embargo desconfían. Pues bien, luego de remarcarles su insensatez, Jesús se aplica pacientemente a disipar sus proyectos horizontalistas y, "comenzando por Moisés y continuando por todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a Él"; exhortándolos, una vez mas, a los verdaderos ideales sobrenaturales, es decir a hacer su pascua de la inmanencia a la trascendencia.
Al candor de las palabras del peregrino, aquella transformación ocurriría tan suavemente que sólo después fue percibida: "¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?"
Sin embargo, cuando creen que el Señor se dispone a seguir de largo, su incipiente fuerza fue suficiente para provocar el ruego: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba".
Más tarde, cuando Cristo desaparece frente a ellos luego de partir el pan, aún lo sienten consigo. Han hecho la pascua que acaba de pedirles el Señor. Entonces quizá se hayan preguntado: ¿Qué hacemos aquí? Las razones que nos han traído a Emaús ya no existen.
Seguramente, muchas veces nos sentimos con un estado de ánimo semejante al de estos discípulos del Evangelio de hoy. Qué frente a la duda diga siempre nuestro corazón y nuestra alma: ¡Quédate con nosotros, Señor!
En la ilustración: "Cena in Emmaus" (1600-1601), óleo sobre lienzo del pintor italiano Michelangelo Merisi da Caravaggio, que se conserva en la National Gallery de Londres.
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