miércoles, 29 de abril de 2026

El circo debe acabar

No hay unión sin verdad

Muy probablemente entre los motivos que impulsaron a Sarah Mullally a visitar Roma y al Papa, debió ocupar un lugar principal la oposición a su liderazgo, en razón de su sexo y opiniones, que ha recibido de una parte importante de los líderes anglicanos, especialmente los que viven en África.

En ese sentido bien le vino la recepción "por todo lo alto" que le dio el Papa León XIV tratándola como si efectivamente fuera una Arzobispo. Causa perplejidad y confusión no sólo ver las imágenes sino también leer el mensaje oficial enviado por el Papa a la "Arzobispa" en ocasión a su toma de posesión. No se puede culpar a nadie si, luego de leer este texto, se afirmara que verdaderamente la señora Mullally tiene el orden sagrado, porque el Papa mismo así la nombra y pide que sobre ella descienda el Espíritu Santo para que fructifique su servicio al Señor.



Hay quien piensa que la aproximación de la mujer al altar, del cual proceso evolutivo es culmen la señora Mullally, aunque sea en apariencia, generaría un problema teológico sustantivo, porque "siendo la Sagrada Eucaristía el acto nupcial en el que Cristo, el Esposo, da su vida por la Iglesia, su Esposa, sustituir al Esposo por una figura que, por ley natural y teológica, no puede representar ese principio masculino, no es un cambio de forma; es la negación sistemática, total y formal de la teología de la redención." ¿No estará esta tendencia en línea con la Agenda 2030, de la cual resultaría su apoteosis?



Recemos para que este circo lamentable, que ya lleva sesenta años, termine pronto, y los jerarcas católicos dejen de certificar con su presencia y agasajos el fraude y la simulación; que es lo mismo que se pide en la siguiente nota de Rorate Cæli Rorate Cæli que compartimos:



Resulta ridículo: los Papas deben dejar de tratar

a los "obispos" y "obispesas" protestantes como iguales

Una de las características distintivas del «Período Conciliar» posterior al Concilio Vaticano II ha sido la obsesión de los papas por acoger a los líderes de las iglesias anglicanas como iguales. Esta situación siempre ha sido insostenible —ya que no son obispos—, pero recientemente ha llegado al extremo del absurdo tras la elección de la Sra. Sarah Mullally, una mujer aparentemente encantadora de Surrey, como «arzobispa» de la extinta diócesis de Canterbury.

Ya era bastante malo pretender que predicadores laicos como el difunto Sr. Runcie fueran sucesores de San Agustín de Canterbury y Santo Tomás Becket, pero al menos en esos casos se podía fingir que algún día podrían ser ordenados válidamente si se unían a la Iglesia Católica. Tal pretensión es imposible con la amable enfermera Sra. Mullally. Toda esta farsa engaña al distinguido invitado y se burla de la dignidad de la Sucesión Apostólica y del Sacramento del Orden Sagrado.

Sería un error culpar exclusivamente a León XIV en este sentido. Si bien este es el primer caso que involucra a una "arzobispa de Canterbury", ya se habían producido encuentros similares e insostenibles con "clérigas" protestantes en pontificados posteriores al Concilio, y cada uno de estos encuentros menoscabó la dignidad de la Iglesia de Roma, que preside en la Caridad, pero también debe presidir en la verdad. En este caso, la lamentable recepción incluyó incluso la aceptación de una "bendición" otorgada por la Sra. Mullally por el Secretario del Dicasterio para la Unidad de los Cristianos, el Arzobispo Flavio Pace. Como madre, la Sra. Mullally ciertamente puede bendecir a sus hijos. Eso es todo.

¡Basta ya! ¡Basta de burlas! ¡Basta de ridiculez!


León XIII definió en Apostolicæ Curæ (1896) que los anglicanos han perdido la sucesión apostólica.

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