domingo, 26 de abril de 2026

Cartas de Rosas en la Fiesta del Buen Pastor


Cartas del Restaurador de las Leyes
a Mons. José María Terrero,

en las que relata el estado del clero en 1830

Primera Carta



Hace ya muchos años, al hablar acerca de la venta de la corona pontificia de San José, hicimos mención de unas cartas poco conocidas en las que, entre otras cuestiones, el entonces Gobernador de Buenos Aires urgía a emprender la construcción de un templo, que remplazara la primitiva y desvencijada iglesia dedicada al Santo Patriarca. Prometíamos, en aquella lejana oportunidad, su publicación, cosa que quedó en el mundo de las ideas.

Mas hoy, en la Fiesta del Buen Pastor, y dado que en esas letras se describen tanto las virtudes como los vicios del clero de la Provincia de Buenos Aires a los ojos del autor, publicamos esta entrada que hace más de una década esperaba en el archivo "Borrador" del Blog.
Para los lectores extranjeros va precedida de una breve semblanza del joven gobernante que, en 1830, apenas recibido del cargo, salió a recorrer los pueblos de la Provincia  bajo su mando con la intención de restaurar la santa religión de Jesucristo.


En el siglo XIX, la Argentina se vio sacudida por una larga y crudelísima guerra civil, la cual en realidad fue una guerra religiosa, la última de las inspiradas por el ideario revolucionario europeo que estalló el 14 de Julio de 1789.
Los gobiernos jacobinos posteriores a la Revolución de Mayo (1810), implementaron en el Río de la Plata las misma políticas anticatolicas aplicadas en otras latitudes e inspiradas por la Masonería y sus agentes: rompieron relaciones con el Papa creando una iglesia nacional, cerraron los conventos, confiscaron los bienes del clero, etc.
La mayoría de la población, profundamente católica, no podía permanecer pasiva frente a estos y otros graves atropellos, y expresó su rechazo apoyando la Restauración de los valores tradicionales y católicos emprendida por algunos jefes provinciales, que alzaron como bandera el lema: "Religión o Muerte".

De entre ellos y por sobre todos, se alzó la egregia figura de don Juan Manuel José Domingo Ortíz de Rozas y López de Osornio, vástago de una antigua familia que entronca sus orígenes con los duques de Normandía, y que fue honrado por sus contemporáneos con el título bien merecido de "Restaurador de las Leyes".
Gobernó la Provincia de Buenos Aires y la Confederación Argentina por dos períodos, con facultades extraordinarias primero (1829-1832), y con la Suma del Poder Público (1835-1852). En el discurso de su recibo del mando en Abril de 1835, relató la situación que se vivía en el Río de la Plata, y señaló sus causas: la guerra contra la religión que practicaban las logias.

"Ninguno de vosotros desconoce el cúmulo de males que agobia a nuestra amada patria, y su verdadero origen. Ninguno ignora que una facción numerosa de hombres corrompidos, haciendo alarde de su impiedad, de su avaricia, y de su infidelidad, y poniéndose en guerra abierta con la religión, la honestidad y la buena fe, ha introducido por todas partes el desorden y la inmoralidad; ha desvirtuado las leyes, y hecholas insuficientes para nuestro bienestar; ha generalizado los crímenes y garantido su impunidad; ha devorado la hacienda pública, y destruido las fortunas particulares; ha hecho desaparecer la confianza necesaria en las relaciones sociales y obstruido los medios honestos de adquisición; en una palabra, ha disuelto la sociedad y presentado en triunfo la alevosía y la perfidia...
La Divina Providencia nos ha puesto en esta terrible situación para probar nuestra virtud y constancia: resolvámonos pues, a combatir con denuedo a esos malvados que han puesto en confusión nuestra tierra; persigamos de muerte al impío, al sacrílego, al ladrón, al homicida, y sobre todo, al pérfido y traidor, que tenga la osadía de burlarse de nuestra buena fe...
La causa que vamos a sostener es la causa de la religión, de la justicia, de la humanidad y del orden público: es la causa recomendada por el Todopoderoso; Él dirigirá nuestros pasos, y con su especial protección nuestro triunfo será seguro".

Así fue, en 1852 la Confederación Argentina, con un desarrollo considerable para la época y un ejército de más de 50.000 hombres, veteranos de muchas batallas, era el país más poderoso de América, luego de los EEUU, y estaba al alcance de la mano la reunificación del antiguo Virreynato del Río de la Plata.

Muchos años han pasado pero las circunstancias parecen repetirse, no solamente en el campo político y social, en el que reina un marcado desorden, sino también en el ámbito religioso, con el consiguiente decaimiento de la fe.
Hoy, que hay varios curas que se especializan en destruir templos, expulsar a la feligresía y tener diversiones non sanctas, necesitamos de un nuevo Juan Manuel. Como aquel joven que en 1829, al asumir el mando con sólo 36 años salió a recorrer los pueblos de la provincia de Buenos Aires para restaurar la santa religión de Jesucristo, como había prometido al jurar el cargo.

La Divina Providencia ha querido que algunas de las cartas, escritas en aquel viaje al Provisor Eclesiástico a cargo del gobierno del Obispado de Buenos Aires, Mons. José María Terrero, se conservaran. Nos proponemos publicarlas en este Blog, para que sirvan de ejemplo a los que tienen la responsabilidad de cuidar el decoro de la religión.



Primera Carta

San Nicolás, Abril 19 de 1830

Sr. Dr. José María Terrero

Mi querido Padrino y Amigo:

Aquí ando trabajando cuanto puedo por mejorar nuestras iglesias y las costumbres religiosas. Todo va bien, porque el exemplo puede mucho.
Este cura es una alaja (se refiere al cura de San Nicolás, pueblo a 235 Km al Norte de Bs As), y quedará con facultades pª reunir limosnas, etc., y componer el templo qe todo está muy malo. En su virtud no hay necesidad de qe el Govo delegado provea en la solicitud de este Cura sobre esto.

En Sn Pedro (160 Km al norte de Bs As) el templo era un chiquero de cerdos. El cura se había llevado la llave y dejado el templo y todo cerrado. No puede V. figurarse la inmundicia y la maldad de tal Cura. Hice abrir el templo, y encargarse de su cuidado al Comisario y Juez de Paz, ordenándoles pusieran lámpara y que en las horas de costumbre estuviera abierto para que fuese a rezar el que gustase.

En primer lugar a este Cura debe V. levantarle un sumario para castigarlo como corresponda, o mandarlo al Tandil o Bahía Blanca, para que allá diga Misa y sea mejor Cura. Ello no consentiré que se quede riendo, por qe es un malvado cura que primero ha hecho casa, qe cuidar el templo qe ya está por venirse abajo. Puede V. mostrar esta carta al Sr. Ministro de Govierno y acordar sobre el castigo, y si fuese necesario yo pasaría el oficio ú orden, pues quisiere que sin andar con sumarios fuese desterrado. También me hará el favor de mostrar este articulito al Sr. Dn Victorio García, para que vea quien es el tal Curita. El Curato debe quitársele en el acto.

Por todo y como es un dolor de corazon veer el benemérito pueblo federal de Sn Pedro y al de igual mérito Baradero sin Cura, le suplico encarecidamente qe por la posta y á dos lados, me mande dos Cura buenos. Los dos curatos son muy ricos porqe son de hacendados y labradores y de mucha población.
Necesito igualmente que ordene a la Misión qe, donde quiera qe esté, se dirija a San Pedro sin ninguna demora pues la espero ya.

EL fortín de Areco precisa también de un buen Cura. Este Curato es muy rico; porqe es muy poblado y de mucha labranza. Tienen los vecinos la iglesia muy cuidada, y la primicia guardada para cuando vaia el Cura.

Mandemelo V. sin perder un minuto, y qe venga derecho a donde yo estoy. Pero no me mande curas inmorales ni unitarios. Estimule V. por Dios a estos santos Padres para qe sirvan a su Patria ahora qe deben ser benerados, como á Ministros del Culto y de lo que yo respondo (¹).

El Cura de Sn Antonio de Areco es borracho y debe quitarse porqe no lo creo bueno. Bea V. quien lo ha de mudar y abíseme muy pronto para decirle cuando ha de venir.

El Cura qe estaba en el Socorro me dicen qe por orden de V. ha pasado de Cura a la Banda Oriental. Cuidado con los unitarios. Deseo saber qe hay en esto porqe no creo qe V. lo haya provisto, sin ponernos antes de acuerdo.

La capilla de Sn José (²) es necesaria hacerla; pero con limosnas, porqe el Govierno está sin recursos. Al efecto vea V. con Terrero y el Cura quienes han de ser los sindicos o si para esto solo bastará el Cura; porqe no estoy conforme con qe á los Curas se les haya privado la intervención en esto. Si son malos, á fuera; pero si son buenos es necesario darles influxo y toda la importancia necesaria (³).

En Ranchos se necesita un religioso y en Dolores otro. Sobre esto daré un apunte al Sr. Ministro, qe puede Ud. recordarle. Sea como fuere es necesario un sacerdote en Ranchos y otro en Dolores.

No se olvide V. de recomendar a los Curas qe prediquen todos los días de fiesta, y qe todas las noches haya Rosario, etc. Esto debe V. recomendarlo frecuentemente porqe al qe yo lo pille, le ha de pesar.

Por ahora nada mas y con expresiones a los amigos federales, salud le desea su ahijado.

J. M. de Rosas.


(¹): Derrotas las logias masónicas, el gobierno de la Restauración está dispuesto a asegurar el respeto debido a los ministros del culto.

(²): Se refiere a la construcción del segundo templo de San José de Flores (que reemplazó a la primitiva capilla), del que Rosas fue padrino y se inauguró con su presencia en 1831. Se lo puede ver en un dibujo de la época Aquí.

(³): Idem (¹).

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