viernes, 3 de agosto de 2012

La Eucaristía, Sacramento de la Cruz


Liturgia de la Palabra en el

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B

El Pan Vivo bajado del cielo

2 de Agosto de 2009

R.P. Dr. Alfredo Sáenz, SJ

(Audio: 20' 27")


No hay Eucaristía sin Cruz y sin Iglesia

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"Trabajad, no por el alimento perecedero sino por el que permanece hasta la vida eterna", les dijo el Señor a los judíos que lo seguían, no en busca de milagros sino para saciar su hambre. Porque el Hijo del hombre no ha venido al mundo para solucionar los problemas sociales, económicos o políticos, sino para comunicar la vida Divina. Del mismo modo, no es misión de la Iglesia dar recetas en esos campos, que no sean al modo de añadidura, pues su deber es comunicar el doble pan de la doctrina y de la Eucaristía.

La profecía que Dios hizo a Moisés de dar a los israelitas pan del cielo, se cumple acabadamente en la Eucaristía; pues el maná fue un pan corporal, alimento de muerte ordenado sólo a reparar temporalmente las fuerzas  del hombre. En cambio el verdadero Pan bajado del cielo, la Carne de Cristo que se nos da en el Santísimo Sacramento, está inseparablemente unida al Verbo de Dios, y por eso es capaz de vivificar en abundancia hasta destruir la muerte.

Pero si ahora el Señor comunica vida, es porque antes dio la suya en sacrificio. Su ofrenda llevada hasta la muerte es la causa de nuestra vivificación. La Eucaristía es pues el Sacramento del Sacrificio de la Cruz, brotado del único Holocausto del Calvario, que se hace efectivo incruentamente en cada Misa. La herencia del Señor es su sangre que se perpetúa a través del tiempo en el Santo Sacrificio del altar.

Por eso, cuantas veces se celebre el Sacrificio de la Misa, se renovará, rebrotará, y palpitará, la obra de la Redención. En la Eucaristía la Iglesia se sacrifica con Cristo y, de ese modo, hace posible para nosotros el contacto con Su Pasión.
Pero el Señor sigue ofreciendo su holocausto, no directamente sino por mediación de la Iglesia que es su instrumento, su mano ofertorial. Así como no hay Eucariastía sin Cruz, tampoco la hay sin Iglesia.
Por eso el celebrante, recordando que actúa in persona Christi, ha de apegarse firmemente a las rúbricas establecidas en la Liturgia, oración pública e inmutable de la Iglesia.

Ofreciéndonos con Cristo y sacrificándonos con él y en Él, pongamos nuestra confianza en aquel que nos ha dicho "Yo soy el Pan de Vida, el que viene a Mí jamás tendrá hambre, el que cree en Mí jamás tendrá sed".


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