miércoles, 4 de julio de 2012

Judas, el Vaticano y la Iglesia


Judas, el Vaticano y la Iglesia

Para fieles inquietos por la defección de algunos pastores


El Papa Formoso juzgado después de su muerte.

Tiempo de enorme conmoción y locura en el seno de la Iglesia, fue aquel que llevó al cadáver de un Papa a ocupar el sillón de los acusados en el tribunal de otro.
Este ejemplo, probablemente único en la historia de nuestra fe, es recordado en la última declaración del Instituto de Filosofía Práctica para señalarnos que, a pesar de la maldad de los hombres, incluso de sus propios ministros, la Iglesia susbsistirá hasta el fin de los tiempos por la promesa que le hiciera su Divino Fundador (Mt 16,18):

"et Ego dico tibi quia tu es Petrus et super hanc petram aedificabo ecclesiam meam et portae inferi non praevalebunt adversum eam - y Yo te digo que tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella".

En este escrito titulado Judas, el Vaticano y la Iglesia, que tomamos de Catapulta, luego de referirse al accionar del misterio de iniquidad en el seno de la Iglesia, y a los sacrilegios y escándalos que sacuden la Nave de Pedro, se concluyen sugiriendo lo que deberíamos hacer los laicos cuando, frente a temas de acuciante actualidad, algunos pastores se mantienen callados como "perros mudos", a saber: "aclarar las cosas y renovar nuestro compromiso".

Lo publicamos completo abajo, como palabra aclaradora de muchas inquietudes que sentimos los católicos frente a acontecimientos que son de dominio público.


DECLARACIÓN DEL INSTITUTO DE FILOSOFÍA PRÁCTICA
ACERCA DE JUDAS, EL VATICANO Y LA IGLESIA

I.- Aclaración.

Queremos ante todo aclarar que el INFIP es una asociación civil sin fines de lucro, laica, no confesional, integrada en su inmensa mayoría por católicos, pertenecientes a una Nación cristiana.
Esa pertenencia no puede dejarnos indiferentes ante diversos escándalos que causan confusión y hasta pueden hacer tambalear la fe de algunas personas. Este es el motivo de la presente.

II.- Judas, Pedro, Tomás, nosotros.

Cristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, se encarnó en el seno de la Virgen María y nos trajo el Evangelio, la Buena Nueva que predicó durante los años de su vida pública. Eligió 12 apóstoles y los formó, los preparó para continuar su obra, para anunciar a todos los hombres, el Reino de Dios. Sin embargo, uno de ellos, Judas, lo traicionó, lo vendió por 30 monedas. Otro, Pedro, la piedra sobre la cual se edificaría la Iglesia, lo negó tres veces, para luego arrepentirse, llorar su traición y cobardía y morir mártir. Entre los dos, con finales muy distintos, tenemos un buen porcentaje 1/6. Y si agregamos al patrono de los positivistas, al incrédulo y después arrepentido, Tomás Apóstol, el porcentaje se incrementa a ¼. Pero, también nosotros, con diversa gravedad, traicionamos a Cristo todos los días cuando pecamos. Lo traicionamos, lo despreciamos, lo negamos, lo olvidamos.

III.- La Iglesia Católica.

La Iglesia Católica Romana es una inmensa comunidad. Es, como rezamos en el Credo, una, santa, católica y apostólica.

La Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo y del mismo no son excluidos los pecadores, pues como enseña Pío XII, “la infinita misericordia de nuestro Redentor no niega ahora un lugar en su Cuerpo místico a quienes en otro tiempo no negó la participación en el convite (Mateo, 9, 11; Marcos 2, 16; Lucas, 15, 2). Puesto que no todos los pecados, aunque graves, separan por su misma naturaleza al hombre del Cuerpo de la Iglesia, como lo hacen el cisma, la herejía o la apostasía” (Encíclica “Mystici Corporis Christi”, 19).

Más adelante, Pío XII se refiere a la Iglesia “mancillada en sus miembros”, incluso “en los más altos miembros del Cuerpo Místico”, y si algunos “están aquejados de enfermedades espirituales, no es esta razón para que disminuya nuestro amor a la Iglesia, sino más bien que aumente nuestra compasión hacia sus miembros” (57).

IV.- La Iglesia Católica en la historia.

Dentro de la Iglesia a lo largo de la historia existieron crímenes espantosos perpetrados por muchos “altos miembros”, pero existe uno que queremos destacar, porque entendemos que fue la mayor injusticia judicial de todos los tiempos, después del juicio a Cristo.

En el año 897, con el inicuo juicio al Papa Formoso, encontramos un hito de abominación en el Papado. Fue su sucesor Esteban VI, quien organizó un tribunal eclesiástico para juzgarlo. Hizo comparecer a la momia de Formoso y un diácono, como gestor de negocios, contestaba las preguntas que Esteban VI hacía a su antecesor. Como sucede en tantos juicios en la Argentina de hoy, se conocía el resultado antes de la sentencia: Formoso fue condenado y su cadáver arrojado al Tíber.

Poco le duró la victoria al vil pontífice; se sublevaron contra él los partidarios de Formoso y lo estrangularon.

Como comenta Ricardo García Villoslada: “Si la Iglesia no naufragó en aquella tormenta fue porque su Fundador la hizo inmortal y le dio promesa infalible de perpetuidad. Al ver tan patente el elemento humano y corruptible de la Iglesia, todo cristiano que reflexione y medite verá más refulgente el elemento divino de la misma, y en vez de escandalizarse, sentirá que se le robustece la fe y la confianza en Dios, ni podrá menor que admirar el poder de Cristo, que aun por medio de vicarios suyos tan indignos continúa llevando a cabo, sin sombra de error, la redención y santificación del mundo” (“Historia de la Iglesia Católica”, B.A.C., Madrid, 1958, T. II, p. 132)

V.- Una novela de Boccaccio.

Pasaron muchos años y en pleno siglo XIV, Giovanni Boccaccio, escribió una novela en “El Decamerón”, que ilustra otra época de gran corrupción en las más altas esferas eclesiásticas.

Un cristiano piadoso y apostólico, Giannotto de Sivigni, tenía un amigo judío llamado Abraham, hombre recto y leal. A través de largas conversaciones el cristiano trataba de convertir al judío, quien un día, le dijo que iría a Roma para ver cómo funcionaba la cúpula de la Iglesia. Si comprobaba la concordancia de la fe con las obras se convertiría.

Conociendo la corrupción reinante en esa cúpula, Giannotto se entristeció: todos sus esfuerzos habían sido inútiles.

Abraham montó a caballo y fue a la corte de Roma donde pudo observar como reinaban la lujuria, la sodomía, la gula, la ebriedad, la simonía, la glotonería; una vez que le pareció suficiente volvió a París.

Días después Giannotto se llevó la gran sorpresa: después de todo lo visto y oído, el judío quería ser cristiano, con un argumento definitivo. No pudo observar en los clérigos santidad, devoción, buenas obras o ejemplos de vida y agregó: “opino que vuestro pastor, y por ende todos los demás, se esfuerzan con toda solicitud, ingenio y arte, por reducir a nada y expulsar del mundo la cristiana religión, cuando deberían ser su fundamento y sostén. Y como veo que no ocurre lo que ellos procuran, sino que vuestra religión aumenta de continuo y se hace más brillante y clara, me parece discernir que el Espíritu Santo es su fundamento y sostén. Ahora, te declaro que por nada dejaré de ser cristiano. Vamos, pues, a la iglesia, y que allá me bauticen según la costumbre de vuestra santa fe” (Alianza Editorial, Buenos Aires, p. 27).

VI.- La Iglesia Católica y el Vaticano.

La Iglesia, es una realidad religiosa; el Vaticano, es una realidad política, hoy un Estado, como lo fueron los Estados Pontificios, cuyo Papa era Rey. La promesa de Cristo de perpetuidad es para la Iglesia, según la palabras al instituir el primado: “tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo, 16, 18).

La “Barca de Pedro” no se hundirá nunca, aunque pueden ahogarse sus navegantes, como afirmó un Papa; pero la promesa de Cristo no es para el Estado del Vaticano, que bien podría desaparecer; y menos para sus organismos, sus burócratas y sus banqueros. No es para todos aquellos que allí y en los lugares más variados del planeta, se sirven de la Iglesia, beben de su leche, la usan en su propio beneficio, y muchas veces se enriquecen en perjuicio de Ella. Lamentablemente, existen clérigos especialistas en rodearse de malandrines.

Cuando Santo Tomás de Aquino, en la “Suma Teológica”, se ocupa del diezmo, señala que su objeto es solventar los gastos del culto, la sustentación de los ministros y la manutención de los pobres, pues como bien señala, “los diezmos deben llegar como ayuda a los pobres a través de la administración de los clérigos” (Suma Teológica, 2-2 q.87, a. 4), y cuando trata acerca de la prodigalidad, enseña que los clérigos “son dispensadores de los bienes de la Iglesia, patrimonio de los pobres, a quienes defraudan por sus prodigalidades” (2-2, q. 119, a. 3).

Los sacerdotes y a fortiori, los obispos, no deben ser ni avaros, ni pródigos, sino generosos, practicando la liberalidad y la caridad, deben ser medidos en sus propios gastos, ejemplos de austeridad personal, sin ser simuladores de pobrezas. Y atención, que como ya advierte Aristóteles, “los pródigos muy fácilmente acaban en lujuriosos”.

VII.- Sacrilegios y escándalos.

En estos días sacrilegios y escándalos sacuden a la Nave de Pedro, algunos muy próximos. Como miembros del Cuerpo Místico tiene que dolernos esta defección, esta enfermedad moral de alguna de sus partes. Nuestro deber es rezar por la Iglesia, que ya en la Antigüedad aparece como una anciana y que tiene muchas heridas; y por nuestros Pastores, que a veces algunos de ellos, se parecen más a lobos infiltrados en el rebaño. Y pedirle a Dios que transforme la inteligencia y el corazón de los causantes de sacrilegios y escándalos para que se arrepientan y vuelvan al redil.

Sin embargo, una sencilla comparación nos debe ubicar en la realidad eclesial. Hoy creemos que existen alrededor de 5400 obispos en todo el mundo y muchísimos sacerdotes, religiosos y laicos consagrados, cuya inmensa mayoría son fieles a su misión. No estamos peor que en los albores de la Iglesia; no estamos de ninguna manera en los porcentajes antes señalados; los cristianos hoy, a pesar del cómplice silencio mediático, enfrentan con valor la persecución en muchos países musulmanes; crecen los mártires en África y en Asia, continentes donde están el futuro y la esperanza de la Iglesia.

Sin embargo, tenemos que reconocer las defecciones, las traiciones, las confusiones, especialmente en Europa y en América toda.

VIII.- Oración, sacrificio, ejemplo.

Ante esta realidad tan compleja invitamos a nuestros hermanos a la oración y al sacrificio; exigimos a nuestros Pastores que se dediquen sin descanso y con total entrega a aquello en lo que nadie los puede reemplazar: administrar los sacramentos, celebrar el Santo Sacrificio de la Misa, dar ejemplos de santidad y valentía; que acaben con sus preocupaciones mundanas y los diálogos estériles; que enseñen la palabra de Dios y el amor a Jesucristo; la pedagogía de las Sagradas Escrituras es clarísima. Así, por ejemplo, donde hoy el mundo dice “emparejamiento” o “inicio de relación convivencial”, la palabra de Dios manda: no fornicar; así donde hoy se dice “matrimonio entre personas del mismo sexo”, San Pablo afirma: “los entregó Dios a pasiones infames: invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza… no solamente las practican, sino que aprueban a quienes las cometen” (Romanos, 1, 26 y 32).

Y como esos Pastores, “perros mudos”, en general no lo hacen, es nuestro deber aclarar las cosas y renovar nuestro compromiso; pedirle a Dios que a través de la Virgen María, la “Omnipotencia suplicante, que fortifique nuestra Fe y la de tantos hermanos confundidos por los malos ejemplos y sumidos en la duda; aumente nuestra Esperanza y avive el fuego de nuestra Caridad.

Buenos Aires, junio 25 de 2012.

Gerardo Palacios Hardy (Presidente)
 Bernardino Montejano (Vicepresidente Presidente)


1 comentario:

Anónimo dijo...

Si estamos peor ahora porque la enseñaza está subvertida dentro del mismo magisterio postconciliar y lo peor: ya no tenemos la verdadera misa. Si alguien va a misionar ya no puede decir la iglesia católica es la verdadera sino que en ella "subsiste" la iglesia que fundó Jesucristo. Con ese argumento a quién convenzo en medio de tanto indiferentismo.