jueves, 23 de julio de 2009

Fin último del hombre

Liturgia de la Palabra en la
Solemnidad de la Santísima Trinidad
7 de Junio de 2009
R. P. Dr. Alfredo Sáenz, SJ
(Audio - 26' 50")

La Santísima Trinidad es la causa suprema de nuestra redención y el fin último de nuestra existencia, pues en la contemplación sin velos de este misterio insondable consiste el premio eterno que colmará hasta el extremo las humanas ansias de felicidad. Pero mientras todavía esa cortina no sea levantada, miramos a través de las nubes y nuestra inteligencia, con la ayuda de la gracia, sólo podrá aproximarse al fuego de la Vida Intratrinitaria con palabras como las siguiente s: Dios es tan fecundo que al conocerse desde toda la eternidad engendra una persona, su imagen plena, el Hijo de Dios. Si el Padre es fuente, el Hijo es río, si el Padre es Sol el Hijo es su resplandor. Y el amor entre el Padre y el Hijo es tan intenso que de él brota otra persona, el Espíritu Santo.
Si bien es cierto que en la acciones "ad extra" de Dios actúan simultáneamente las tres Divinas Personas, ha sido costumbre de la Iglesia atribuir al Padre la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu la Santificación. Dios, como buen pedagogo que es, fue revelándose paulatinamente: en el Antiguo Testamento se muestra especialmente la acción del Padre de quien se espera la fecundidad de la Creación; el Nuevo Testamento, al mismo tiempo que nos permite tocar al Hijo de Dios Encarnado que se entrega por nosotros, nos revela mejor al Padre de quien Áquel es imagen perfecta. Con la Ascensión de Jesucristo, comienza propiamente la obra del Espíritu Santo, el Consolador prometido por el Señor, cuya acción nos acompañará hasta el Fin de los Tiempos.
Si desde toda la Eternidad el Padre engendra al Hijo y de ambos surge el Espíritu, nuestra salvación sigue el camino inverso: comienza por obra del Espíritu quien nos conduce al Hijo haciéndonos hijos en el Hijo, capaces de decir Abba Padre. En el circuito admirable de nuestra redención todo viene de Dios a partir del Padre por el Hijo en el Espíritu, y todo retorna a Dios a partir del Espíritu, por el Hijo hasta llegar al Padre.
Que gracias a la Sagrada Eucaristía vivamos cada día más íntimamente unidos a la Familia Divina, hasta que un día podamos acompañar, en la eternidad, el himno de los ángeles que ya comenzamos a cantar en la tierra diciendo:
Sanctus, Sanctus, Sanctus,
Dominus Deus Sabaoth.
Pleni sunt caeli et terra, gloriae tua,
Hosanna in excelsis
Benedictus qui venit in nomide Domini.
Hosanna in excelsis.
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