Pronto conoceremos al presunto autor
| Por el camino errado pero con bendición pastoral |
Publicamos en la entrada anterior, una traducción de uno de los dos testimonios que personas que conviven con pares del mismo sexo, en ese caso de USA, enviaron al Sínodo y que éste dio a conocer sin más.
Hacemos lo mismo ahora con el otro testimonio, de una persona de Portugal, sin verter opinión, lo cual dejamos para la siguiente entrada, cuando demos a conocer a su presunto autor. No porque sea importe saber quién lo escribió, sino por lo que tiene detrás.
Testimonio sobre la homosexualidad (desde Portugal)
para el Grupo de Estudio Sinodal Nº 9
¿Qué aspectos de tu experiencia personal consideras más importantes para destacar en relación con el tema que estamos tratando (en este caso: la homosexualidad)?
Creciendo en el amor y la sensibilidad: Crecí en una familia numerosa, donde soy el segundo mayor de cuatro hermanos y dos hermanas. Era una familia muy cariñosa y abierta, pero nunca se habló de homosexualidad. La verdadera bendición fue mi madre. Su insistencia en que mis profesores valoraran mi sensibilidad, mi aprecio por la poesía y mi dulzura —rasgos a menudo considerados «femeninos» en los 90— en lugar de verlos con temor, fue fundamental. Ella fomentó en mí una confianza interior que me hizo creer que mi diferencia no era un defecto. Este amor parental fue mi primera y más duradera lección de autoaceptación y dignidad.
El descubrimiento de la sexualidad y la angustia de la soledad: Mis primeros enamoramientos seguían las normas sociales de las relaciones heterosexuales, pero a medida que maduré, me di cuenta de que la intensidad de mis sentimientos por algunos chicos era diferente: una profunda mezcla de intimidad y deseo, a diferencia del cálido aprecio que sentía por las chicas. Vivir esto en secreto, fuera de lo que parecía "normal", me llevó a una inmensa sensación de desconexión y profunda soledad. El silencio o la aversión percibida hacia el tema en los ámbitos sociales y, sobre todo, dentro de la Iglesia, me obligaron a llevar una doble vida. Me pregunto si las experiencias compartidas abiertamente de familias homosexuales me habrían ayudado a no sentirme tan solo en este camino.
El encuentro con Cristo y el llamado a la plenitud: En la oración y en los retiros durante mi adolescencia y los primeros años de mi adultez, a menudo sentía que oraba solo. Sin embargo, fue en el crisol de este aislamiento donde comencé a sentir el llamado firme y amoroso de Cristo a mi integridad y plenitud: a no hacerme daño a mí mismo ni a los demás, pues mi cuerpo fue creado y amado por Dios. El camino a seguir no era la segregación, sino integrar cada parte de mí en su mirada amorosa.
Encontrar el amor y la paz: Conocer a mi actual esposo hace 20 años, a los 19, fue transformador. Finalmente encontré a alguien que compartía mis valores fundamentales y mis luchas internas. Compartir con él una vida de fe, servicio y amor ha sido la expresión más auténtica de mi ser. Mi sexualidad no define mi vida, pero es una parte intrínseca de mí; sin reconocerla, no puedo sentirme completo.
¿Has participado activamente en algún grupo o movimiento centrado en este tema? ¿Qué reflexiones o enseñanzas has obtenido de esa experiencia?
Buscando la plenitud, evitando la segregación: Evité activamente los grupos que sentía que me segregarían; mi mayor deseo era simplemente encontrarme a mí mismo y sentirme parte de algo. Mi única experiencia en grupos fue el gran consuelo que me brindó unirme a un equipo de rugby gay durante seis años, a principios de mis treinta. Era un espacio para disfrutar de un deporte que me apasionaba sin prejuicios, donde mi identidad estaba presente, pero la atención se centraba en la actividad, no en la etiqueta. Sentía que algunos grupos católicos aún dan demasiada importancia al tema de la sexualidad en sí.
Encontrando la plenitud en la Comunidad de Vida Cristiana (CVX): Hace ocho años, encontré mi hogar en CVX. Temía la incomprensión, pero descubrí un espacio donde me he sentido completamente integrado y yo mismo desde el primer día. Aquí, oramos por los grandes problemas del mundo: la guerra, la pobreza, la justicia; y llevamos todas las alegrías y tristezas de nuestra vida a Cristo. Agradezco que mi sexualidad no se trate como un tema de mayor relevancia que cualquier otro desafío que enfrentamos. Es simplemente un hilo más en el rico tapiz de mi vida. Al mismo tiempo, conozco a algunos amigos que fueron profundamente heridos, y los grupos cristianos homosexuales les brindan el espacio seguro que necesitan para encontrar respuestas.
Desde la etiqueta hacia el servicio: Soy mucho más que una etiqueta. Vivo mi vida en profunda paz con Dios, quien me conoce desde el vientre de mi madre. Hablo abiertamente sobre mi realidad cuando es apropiado, pero mi propósito y alegría se encuentran en el servicio, como mi trabajo con niños en hogares de acogida, un campo que me es muy querido y que me da la oportunidad de usar el tiempo que no tendría si tuviera hijos propios. Mi deseo es ser visto no a través del prisma de mi sexualidad, sino a través de la totalidad de mi ser y mis acciones.
Heridas de la comunidad cristiana: No puedo ignorar las cicatrices que llevo. He presenciado los efectos devastadores de las «terapias de conversión» y la ruptura de familias, lo cual se sintió como un ataque a la sensible e inocente creación de Dios. Estas experiencias duelen profundamente, porque atentan contra la dignidad inherente de una persona que simplemente alberga el amor de otra persona del mismo sexo.
¿Cuál es tu relación con las comunidades cristianas y con la realidad de la Iglesia, y de qué maneras encuentras apoyo o dificultades?
El desafío a la integridad en Cristo: Mi vida espiritual se fundamenta en la Eucaristía, el Examen diario y el CVX. Personalmente, no he enfrentado confrontaciones públicas por simples gestos de afecto con mi esposo. Sin embargo, hace una década, la pregunta de un director espiritual me hirió profundamente: sugirió que podría haberme casado con una mujer para "encontrar la paz" y "utilizar mis dones", ya que el matrimonio no se trata "solo de sexualidad". Me sentí ofendido: era una sugerencia para dañar a una mujer, privándola de la oportunidad de ser plenamente amada y deseada, todo para cumplir con una expectativa social.
Sacando todo a la luz: Ese encuentro inicial y doloroso me llevó a vaciar mi oración diaria, excluyendo mi relación y mi vida afectiva de mi diálogo con Cristo. El punto de inflexión llegó cuando otro director me desafió: "En la verdadera amistad y confianza, no hay áreas donde no podamos irradiar la luz de Cristo. Eres completo". Desde ese momento, comencé poco a poco a integrar mi realidad plena en la oración, en mi participación en CVX y en mi vida profesional y familiar. En cuanto lo sentí, compartí esta imagen con mi grupo: todos vamos a Jerusalén; el camino o los acuerdos no importan realmente, lo que importa es el destino final y viajar sin dañar a los demás ni a Dios.
El momento decisivo llegó cuando comprendí que Cristo no estaba esperando para condenar mi relación, sino que esperaba con serenidad a que lo encontrara en mi secreto y soledad. El verdadero pecado no era mi amor, sino mi falta de confianza en su deseo de que yo tuviera una vida plena. Ruego que todos nos atrevamos a exponer nuestras vidas enteras —nuestras verdades más profundas— a la luz del amor de Cristo, sabiendo que Él quiere que seamos íntegros, no quebrantados ni ocultos.
El amor y la aceptación como punto de partida: Mi dificultad actual es que siento que la Iglesia necesita ir más allá de la mera «acogida» y la «compasión», que deberían ser el fundamento obvio. Cristo nos dio el discernimiento para ir más allá. Necesitamos proclamar la verdad tácita: Dios te ama y desea tu plenitud. La sexualidad es parte de nuestra vida, y la diferencia es un sello distintivo de la Creación. La vida de Jesús demostró que el Amor es más grande que todas nuestras luchas y conflictos. Ojalá las conversaciones en la Iglesia se centraran en identificar las diferencias concretas entre nosotros... o, mejor aún, ver que a los ojos de Dios no existen, porque todos somos amados. Aunque vivo una relación homosexual, creo firmemente que la señal de Dios en mi vida fueron los dones de fidelidad y valentía que me dio, necesarios para construir una vida de fe y servicio compartidos con mi esposo. Mi matrimonio, en su constancia y compromiso, es una verdadera oportunidad para dedicar nuestro tiempo y energía a los demás. Esto es lo que hemos estado haciendo, día y noche.
El poder sanador de la comunidad: La familia de mi esposo, aunque cariñosa, convirtió su realidad en un tema tabú. Él es intérprete de lengua de señas y trabaja algunos domingos al mes interpretando la Misa en Fátima. Es verdaderamente un hombre lleno de amor por los demás, la familia y la naturaleza. Pero su familia lo lastimó profundamente, pues no eran capaces de mostrarle amor ni empatía, creyendo, basándose en la palabra de Dios, que vivía en pecado. Solo cuando la familia comenzó a ver que éramos cristianos practicantes en nuestro día a día, y a percibir también sutiles muestras de apoyo y amor hacia la comunidad homosexual por parte de la Iglesia en su pequeño pueblo portugués, sus corazones empezaron a abrirse. Esta experiencia demuestra que incluso los gestos más discretos de amor y aceptación por parte de la comunidad cristiana son cruciales para la sanación familiar y una mayor aceptación social.


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