Una "Arzobispa" en Roma
Los capitostes anglicanos no han tenido mejor idea que elegir como primado a una dama, culminado un proceso de dislates que ha pasado por estaciones cada vez más subidas de tono, como "consagrar" obispos a hombres "casados" con otros hombres.
Y es que la señora Sarah Mullalli, además de ser mujer real, porque quién sabe qué nos deparará el destino, lo cual la hace incapaz de recibir el sacramento del orden, por disposición del Divino Fundador de la Iglesia, es partidaria del aborto, de los matrimonios gay y de vaya uno a saber qué otra menudencia.
¿Nos podemos preguntar de qué ha servido el llamado Diálogo Ecuménico, que lleva ya largos años, como no sea protestantizar a los católicos? Porque los anglicanos, y demás, están mucho más lejos de la verdad ahora que al principio de esas famosas conversaciones.
¿O habrá servido para incentivar que nuestras niñas empiecen a ocupar el lugar de los varones en el servicio del altar, disminuyendo la posibilidad de que surjan vocaciones sacerdotes (aún por una cuestión estadística), y generando aspiraciones imposibles?
¿Nos preguntamos por qué se acepta tan fácilmente que una persona que no tiene el orden sagrado, tanto por su sexo como por su procedencia (1) bendiga como si tal fuera desde la Capilla Clementina del Vaticano? ¿O este gesto, lugar y compañía, no implica, para quien no esté bien informado, que tiene las facultades que manifiesta?
No preguntamos más, y les dejamos una reflexión de Mark Lambert:
El encuentro entre el Papa León XIV y Sarah Mullally el lunes será, sin duda, cálido, cordial y estará lleno de conversaciones sobre la unidad. Pero la unidad no puede construirse fingiendo que no existen contradicciones fundamentales.
La Iglesia Católica enseña de manera definitiva, en la Ordinatio Sacerdotalis, que no tiene autoridad para ordenar mujeres. En cuestiones de ética sexual y la santidad de la vida, la divergencia es igualmente marcada. No se trata de cuestiones secundarias. Afectan al corazón mismo de la Iglesia. Entonces, ¿qué hacemos cuando presentamos estos encuentros como si fuéramos simplemente «dos expresiones de la misma fe»?
El ecumenismo auténtico, tal como se expone en la Unitatis Redintegratio, se ordena a la unidad en la verdad, no a una cortés suspensión de la misma. La caridad sin verdad no es caridad en absoluto. Es confusión disfrazada de virtud. La cortesía importa. El diálogo importa. Pero también la claridad.
Si nuestro testimonio público sugiere que estas diferencias son negociables o meramente culturales, no estamos sirviendo a la unidad. Estamos ocultando la verdad misma que es la única que puede unirnos.
(1) León XIII definió en Apostolicæ Curæ (1896) que los anglicanos han perdido la sucesión apostólica.



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