domingo, 5 de mayo de 2013

La Iglesia: Monarquía de derecho divino (V)


Corrupción de la autoridad

por influencia de doctrinas protestantes


El heresiarca Marín Lutero

Se puede leer la Cuarta parte AQUÍ


Publicamos la Quinta parte del ensayo del padre Alfonso Gálvez Morillas sobre la forma de gobierno de la Iglesia.




Monarquía e Iglesia

Quinta parte

Las nuevas ideas se fueron introduciendo en la Iglesia de un modo gradual inmediatamente después de terminado el Concilio Vaticano II. ¿Qué sentido tiene en la actualidad seguir recitando el Juramento Antimodernista en las Facultades de Teología de la Iglesia cuando, puestos a situarnos en la realidad, nadie lo tiene en cuenta para nada, mediando además el silencio y la pasividad absoluta por parte de la Jerarquía?
De hecho la situación parece una burla, por lo que casi es mejor suponer que prácticamente el Juramento ha sido suprimido; aunque jurídica y oficialmente no se haya querido que aparezca como tal. Lo cual suena a política eclesial, en un intento de hechos consumados que tratan al mismo tiempo de evitar el escándalo. ¿Acaso existe el convencimiento de que las condenaciones del Syllabus ya no son procedentes? ¿O tal vez ha ganado terreno la idea de que las nuevas condiciones históricas han otorgado carta de legalidad a las ideas modernistas?

Sea lo que fuere, de una manera o de otra, es evidente que aquí sería necesaria una explicación. Suele decirse ahora que ha pasado la época de las condenaciones y ha llegado la era del acercamiento. Pero nadie sabe lo que hubiera ocurrido si los Padres y teólogos de la Iglesia, a través de veinte siglos, no hubieran condenado las herejías y luchado ferozmente contra ellas.
Por lo demás, no parece sino que las numerosas imprecaciones y condenaciones contenidas en el Nuevo Testamento no hubieran tenido sentido (Ver Mt 18:7; 23: 13--39; Lc 6: 24--26; 10: 13--15; 11: 42--46; 17:1; 1Cor 16:22; Ga 1:8; Ap 22:15; etc., etc.). Algo así como si la Palabra de Dios hubiera dejado de ser viva y eficaz (Heb 4:12). Los resultados, sin embargo, se muestran más bien como desoladores; puesto que todos los indicios parecen indicar que no ha sido la montaña la que se ha acercado a Mahoma, sino Mahoma a la montaña.

En cuanto a los Obispos, en contra de lo que hubiera podido esperarse, sus funciones y autoridad se vieron también mermadas por la prestancia que las Conferencias Episcopales fueron adquiriendo después del Concilio. Es sabido que todos los Documentos y Declaraciones insisten siempre en que cada Obispo es independiente dentro de su propia Diócesis ---aunque integrado en el Colegio Episcopal, sometido a su vez y presidido por la autoridad del Papa---, y que no queda sujeto a las decisiones de la propia Conferencia Episcopal. Lo cual es cierto en teoría..., pero irrealizable y utópico en la práctica, puesto que cualquier Obispo conoce las consecuencias que pueden recaer sobre él si discrepa del conjunto.
Las decisiones de las Conferencias Episcopales se toman por el sistema de votación, tal como exigen la colegialidad, la solidaridad, el consenso, la doctrina democrática, etc., etc. La escueta realidad nos muestra sin embargo que, puesto que dentro de las colectividades como tales resulta más difícil mantener un criterio personal, no es raro que los Grupos de Presión acaben casi siempre imponiendo su parecer.

De manera que la figura del Obispo, hasta ahora Padre y Pastor de su propia Iglesia Diocesana (sometido siempre a la autoridad del Pastor Supremo o Papa), queda prácticamente obligada a gobernar bajo la forma del voto y del consenso de la mayoría. De donde también aquí, por lo tanto, el sistema democrático, paulatina y casi insensiblemente, continúa desplazando al sistema monárquico.

Pero es quizá en las parroquias donde el fenómeno es más ostensible para los simples fieles, a pesar de que a menudo suele pasar desapercibido para ellos. De esta forma, el estamento más inferior del Organigrama, aunque también el más popular y numeroso, tampoco queda excluido de sufrir el acoso de manejos que intentan cambiar la estructura de la Iglesia.

Desde el momento en que las parroquias han pasado a ser entidades estructurales macroorganizadas y organizativas, olvidando su antiguo carácter de lugar de reunión familiar de santificación, han visto aparecer en su seno un enjambre de Ministros, Comisiones, Juntas Parroquiales, etc., todo ello a cargo de los laicos y a veces también con intervención de monjas. Una vez que tales entidades se han hecho cargo de la gestión y dirección de casi todas las funciones parroquiales, la antigua figura del Párroco, como Pastor espiritual de su rebaño de fieles, ha quedado relegada prácticamente a la de un simple burócrata a las órdenes de ellos.

El fenómeno de las parroquias democratizadas (en realidad, puestas en manos de laicos y de monjas, que son quienes disponen a través de las diversas Comisiones), aunque es universal, ha adquirido especial virulencia en los Estados Unidos. En cuyas comunidades parroquiales abundan los detalles en este sentido hasta ridículos, como el de que el Pastor necesite el placet de la Comisión Litúrgica parroquial para cambiar el horario de una Misa, o el de la Comisión Económica para hacer una insignificante reparación en el cuarto de baño de la Casa parroquial. Se dirá con razón que se han dado abundantes casos de malversación de dinero por parte de sacerdotes, y de ahí la justificación del actual sistema.

Sin embargo, nadie parece haber caído en la cuenta de que no se puede remediar una mala situación creando otra también mala o incluso peor. Pues no cabe duda de que habrían existido otras soluciones ---más difíciles, sin duda, pero más eficaces--- sin necesidad de entregar gran parte del gobierno de las parroquias a los laicos o a las monjas, desvirtuando por completo la figura del Pastor, que de esta forma ha dejado de serlo para convertirse en un fiel más.
Está ampliamente demostrado que la eliminación de la autoridad redunda siempre en grave perjuicio de la función de paternidad que, con respecto a los fieles, ha de ejercer el párroco. Con ello han quedado quebrantadas las estructuras de la Iglesia, acerca de la cual ahora puede decirse que, si bien es verdad que la Iglesia Católica subsiste, no lo es menos que es necesario buscar e indagar bien para reconocerla.

El problema tiene raíces más profundas, cuales son la influencia de las doctrinas protestantes acerca de que no existe el sacerdocio ministerial, y de que todos los fieles son iguales. Después del Concilio Vaticano II prevalecieron en la Iglesia las corrientes ideológicas modernistas de la llamada promoción de los seglares, cuya consecuencia primera condujo a lo que verdaderamente se pretendía aun sin decirlo, a saber: la desvalorización del ministerio sacerdotal y el desprecio de la figura del sacerdote.

Considerado el caso en su conjunto, y vistas todas las circunstancias, aparece un aspecto doblemente grave.

En primer lugar, porque estando estructurada la Iglesia jerárquicamente por institución divina ---el Papa como único Pastor Supremo, no sometido a ninguna otra forma de autoridad; el Concilio Ecuménico presidido y aprobado por el Papa; los Obispos, los Presbíteros y Diáconos; todos por ese orden---, tales fundamentos no pueden ser modificados por autoridad alguna en este mundo. Los simples fieles que han recibido solamente el Bautismo o la Confirmación, o cualesquiera que no hayan sido investidos con el sacramento del Orden, a pesar de su inmensa dignidad de auténticos cristianos y verdaderos hijos de Dios, no constituyen autoridad en la Iglesia.

Por otra parte, la democracia es una figura política, o forma de gobierno, cuya existencia está más ubicada en el mundo de la especulación que en el de la realidad. Aunque no se quiera reconocer, las Democracias también están gobernadas por oligarquías.


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4 comentarios:

Anónimo dijo...

Hay un axioma que reza: " lex credendi, lex orandi": se reza como se cree, ahora bien, si se ha cambiado la Fe, no solo cambia la forma de rezar sino también toda la estructuta fundamentada en la Fe.
Simón Del Temple

erialdo dijo...

Es imposible hacerles entender eso a los párrocos! Por qué? Pues porque es más fácil para muchos obedecer que liderar! Es más cómodo ser asalariado que pastor, que las ovejas guíen al pastor es más cómodo, menos esfuerzo y más tiempo para "descansar" con el amigo mundo de muchos... Una pena que no tengamos verdaderos pastores que amen a sus ovejas y que estén dispuestos a dar sus vidas por la salvación de quienes les han sido encomendados... Pieso que si leyeran el libro: Santidad y Dignidad Sacerdotales, de San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia tendríamos una excelente manera de reevangelizacion.... Curiosamente empezando con los Sacerdotes.... Que Dios nos ayude!!

María Carlota Lassalle de Valenzuela dijo...



¡Dios nos ayude, sí! Nos ha invadido la Iglesia el "Enemigo" y
quien no lo advierte está, por
convicción o por error fatal, en sus filas.

En Cristo y María.-

Anónimo dijo...

El síndrome de "sopa caliente" es terrible, a Esaú le hizo perder la primogenitura.
Simón Del Temple