jueves, 14 de febrero de 2013

Monición para el I Domingo de Cuaresma


Monición para el I Domingo de Cuaresma

17 de Febrero de 2013

¡Apártate de Mí, Satanás!

El desierto, que aparece en todas las etapas de la historia de la Salvación, tiene un significado ambivalente: su esterilidad, castigo por el pecado de nuestros primeros padres, recuerda que es el habítáculo del Demonio.

Pero por otra parte, el desierto es el lugar en donde se encuentra a Dios: allí encontró Israel por primera vez a su Señor, allí se le entregó la Ley, allí Dios habló al corazón de su pueblo que adulteraba, para volverlo al buen camino.

Dos significaciones que quedan conciliadas al considerar que, por designio del Altísimo, el desierto es la palestra en que se libra el combate apocalíptico entre Dios y Satanás.

Al desierto se dirigió Jesús luego de su bautismo, no solamente para ayunar y rezar durante cuarenta días, sino para retar a duelo al Príncipe de este mundo, quien lo probaría tres veces.

Y como el Demonio nos tienta prometiendo lo que obtendremos de Dios si tenemos paciencia, tentó al Señor con lo mismo que le estaba destinado.
  • ¡Convierte estas piedras en Pan!, y Cristo habría de convertir a los gentiles en el pan de su Cuerpo Místico.
  • ¡Tírate de las alturas y los ángeles te llevarán en su mano!, y el Señor habrá de ascender visiblemente a los cielos rodeado de ángeles.
  • ¡Te daré todos los reinos de este mundo si postrándote me adoraras!, Y algún día, Cristo será reconocido como Rey Universal, como lo es ya en derecho y esperanza.
Jesucristo venció las intrigas diabólicas de palabra, respondiendo a cada tentación con la Palabra de Dios: "Está escrito..."

Más como el reto de Cristo, además de vencer al Demonio, tenía por objeto librar a Adán del destierro del Paraíso, quiso derrotarlo de la forma en que nuestro primer padre debió hacerlo:

En el Paraíso Satanás se acercó con la mentira y aquí es vencido con la Verdad, allí indujo al orgullo y aquí es vencido por la humildad, allí incitó a la soberbia y aquí ve cómo se desprecia los honores de este mundo, allí consiguió que el hombre fuera arrojado del Edén y aquí fue él quien resultó expulsado, allí un ángel flamígero custodiando la entrada luego de la expulsión, aquí los ángeles sirviendo al tentado vencedor.

Pero así como no dejó de tentar a Jesucristo durante su vida, a pesar de esta victoria, a nosotros tampoco nos dejará luego del bautismo y su tentación se hará más encarnizada cuanto más intensifiquemos, durante la Cuaresma, la oración, la penitencia y la limosna.

Miremos pues a Cristo, Supremo Pontífice entre el hombre tentado y el Dios vencedor, y reconozcámonos a nosotros vencedores de las tentaciones en Él, de modo que podamos exclamar con San Pablo: "¡Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por Nuestro Señor Jesucristo!".


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