viernes, 17 de agosto de 2012

Monición para el XX Domingo durante el Año


Monición para el XX Domingo del Tiempo Ordinario

Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida


El que coma de este Pan vivirá eternamente

La fe de la Iglesia, expresada en el Símbolo o Credo, que recitamos los domingos y fiestas de guardar, guarda estrechísima relación con la liturgia de la Iglesia; más aún, ésta expresa, en sus ritos y oraciones, en sus sacramentos que son fuente de gracia, cuanto confesamos y creemos. La liturgia expresa la fe de la Iglesia: es la fe celebrada, la misma que se confiesa o profesa en el Credo. Por eso el antiguo díptico latino lo sintetiza así: “lex orandi, lex credendi”, es decir, la ley de la oración es la misma ley de la fe.

Pues bien, nuestra fe católica confiesa que la Palabra eterna del Padre, el Verbo de Dios, en el misterio de la Encarnación, “se hizo hombre” por nuestra salvación. En la Encarnación redentora contemplamos al Dios verdadero hecho hombre verdadero, quien por nosotros “padeció, fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras”. Esa fe que confesamos, la fe en el misterio pascual del Señor, su sacrificio redentor, se actualiza ahora, de modo incruento, sacramentalmente, en el altar, en la celebración de la Santa Misa. El mismo sacrificio de Cristo, cruento en el Calvario, incruento en el altar, pero el mismo acto redentor que da Vida divina al mundo.

Esa Vida de Dios es la que el creyente confiesa y por pura gracia recibe en el santísimo sacramento del altar. Cristo mismo ofrecido en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, para ser alimento verdadero del hombre peregrino. El pan de los ángeles que ha descendido del cielo, porque es Dios, y quiere ser comido por el fiel amigo que lo ama y lo confiesa. Pan de eternidad, maná verdadero, Sacrificio del Señor, Banquete y festín del cielo, anticipo de la futura gloria, prenda de vida eterna; todo ello recibe el alma fiel cuando comulga a su Señor.

Por todo cuanto dijimos, imploremos el don de la fe para creer en este augusto sacramento, misterio de fe, y acudamos al altar a nutrirnos con este pan de eternidad que sacia nuestra sed de Dios en este mundo y nos dispone anticipadamente a gustar del cielo. Como dice uno de los más bellos cantos de nuestra liturgia, “vayamos a la mesa del Padre celestial: allí Jesús ofrece el pan de eternidad”.