jueves, 23 de agosto de 2012

La Eucaristía: Mutua Comunión


Liturgia de la Palabra en el

XXI Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B

El que come mi carne permanece en Mí y Yo en él

23 de Agosto de 2009

R.P. Dr. Alfredo Sáenz, SJ

(Audio: 21' 22") 


¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

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Cristo se ha querido quedar entre nosotros en forma de alimento: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida", para que comiéndolo lo asimilemos, lo hagamos propio, lo incorporemos a nuestra sustancia.

Pero por ser la Sagrada Eucaristía infinitamente superior a quien comulga, el poder de asimilación está en Cristo más que en nosotros. De modo que por la Comunión es el Señor quien nos convierte en lo que Él es, nos deifica, nos diviniza.
De esta forma, por la mutua comunión de la Eucaristía, los comulgantes hacemos a Cristo sustancia nuestra,  mientras Él nos hace Sustancia Suya.

Por eso es el sacramento de la perfección, de la vida mística, por el cual el alma reposa en el Señor, en Él se deleita y se embriaga; pues Cristo se ha quedado también bajo la forma de bebida, de sangre, vino espiritual que embriaga a las almas haciéndolas salir de sí y del pecado, para entrar en el mundo divino de la gracia.

Si el demonio ofreció la manzana a nuestros primeros padres en el Paraíso, diciéndoles falsamente "seréis como dioses" (Gen 3, 5) al comerla, Nuestro Señor nos va divinizando en cada Eucaristía, hasta que la unión esponsalicia con sus ovejas se consume plenamente en la Vida Futura, donde "seremos semejantes a Él porque lo veremos tal cual es" (1ª Jn 3, 2).

Sin embargo, el anuncio de que necesitarían comer y beber a Dios para salvarse resultó demasiado duro para alguno de los discípulos que escuchaban al Señor, y comenzaron a irse porque les faltaba fe. Sólo Pedro contestó lleno del Espíritu Santo: Señor: ¿A quién iremos?

Pidamos al Señor la gracia de permanecer siempre apegados a sus palabras, aunque a veces suenen duras para nuestra sensibilidad herida. Digámosle como San Pedro: ¿A quien iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Déjanos permanecer en Ti y reposar en tu santo pecho. Y porque fuera de Tí no hay ni salvación ni gozo, déjanos serte fieles hasta el martirio.



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