domingo, 5 de octubre de 2008

La Suprema Decepción de Dios


Liturgia de la Palabra en el
XXVII Domingo
del Tiempo Ordinario
R. P. Dr. Alfredo Sáenz, SJ
(Audio - 30' 31")

Parece insensatez enviar al propio hijo a la misma misión que ya había causado la persecución, maltrato y muerte de los anteriores emisarios. Esa es la locura del amor de Dios quien, llegada la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo Unigénito a la viña de Israel aún cuando su pueblo había rechazado y dado muerte a los profetas.
El Dueño de la Viña la había escogido y cultivado a través de dos milenios: la liberación de Egipto, las gracias en el desierto, la Alianza, el Tabernáculo, la Ley, la conquista de la tierra prometida, la realeza de David; y ella crecía extendiendo sus ramas desde el Líbano hasta Egipto y desde el Jordán hasta el Mediterráneo, a la espera de la gran hora soñada por Dios, la Vendimia.
Pero en lugar del dulzor de las uvas, recibió el divino Dueño la acidez de la infidelidad, la traición y el deicidio de parte de los jefes y de buena parte del pueblo que, con soberbia e incredulidad, mataron al Hijo. Después de haber observado la decepción de Dios a lo largo del Antiguo Testamento, asistimos ahora a su suprema decepción: los profetas habían fracaso en su intento y también fracasa el mismo Cristo. ¡Quién podrá entonces tener éxito!
Pero, aunque la defección de Israel selló su esterilidad, abrió las puertas de la Salvación a los gentiles. Como dice san Jerónimo "Fue arrojado fuera de la viña y allí fue matado para que los gentiles Lo recogiesen y la viña fuese encomendad a otros". Pasando a las naciones la herencia de Judá nada desapareció sino que fue transformado: la Viña es ahora la Iglesia; el lagar, antiguo receptáculo del espíritu profético, se ha vuelto receptáculo del Espíritu Santo entre los fieles cristianos; la torre, que antes custodiaba solamente a Jerusalem, atalaya de la Ley Mosaica, protege ahora a la Iglesia Católica, atalaya de la Ley Evangélica visible en todo el mundo.
"Sin Mí nada podéis hacer, dice el Señor" y en estas palabras se resume la historia de Israel: historia del fracaso humano y la decepción divina; cuyo fin vino a poner Jesucristo cuando al ser alzado en la Cruz por los viñadores perversos, hizo de su muerte el gesto de amor que Dios no había podido obtener de Judá.
Pidámosle al Señor, verdadera Vid, que nos permita estar siempre unidos a El y aceptar, con resignación y abandono, las podas que, para dar mayores frutos, vengan en nuestra vida.
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La ilustración es un grabado del Siglo XVI
Colección Parábola de los Viñadores - Biblioteca Nacional - Madrid